La IA en el campo dejó de ser una promesa de laboratorio: uno de cada cuatro agricultores de América Latina ya usa herramientas de inteligencia artificial en su trabajo diario, una tasa de adopción superior al promedio global. Lo muestra la encuesta bianual de McKinsey sobre perspectivas globales de la agricultura, aplicada a unos 5.500 productores de distintos países.
El dato más llamativo aparece al lado: pese a esa adopción, solo el 7% de los agricultores de la región tiene intención de pagar por estas herramientas, frente al 10% en Estados Unidos. La brecha no es un detalle contable, sino la señal de que el valor todavía se prueba en el uso y no en el precio.
El contexto ayuda a explicarlo. Las ganancias del sector tocaron su último pico en 2022 y desde entonces los precios bajaron, con insumos volátiles, tensiones geopolíticas, cortes de mano de obra y un clima cada vez más impredecible. Con ese panorama, la actividad agrícola se volvió muy selectiva en sus gastos. Aun así, tres de cada cuatro entrevistados esperan obtener algún resultado concreto del uso de estas herramientas.
Qué se le pide a la IA en el campo
El 17% de los consultados usa inteligencia artificial para tareas propias de la finca, sobre todo para planificar. La razón es concreta: los productores detectaron que faltan recomendaciones agronómicas ajustadas a las condiciones específicas de cada terreno, y ahí es donde la herramienta empieza a tener sentido.
En su mejor versión, estas herramientas podrían analizar la complejidad de cada caso y ayudar a decidir con más rapidez, conectando las condiciones locales, la experiencia acumulada y el juicio que se gana con las temporadas. No se trata de reemplazar el criterio del agricultor, sino de darle mejores insumos para decisiones que ya toma: cuándo regar, cuánto fertilizar, cuándo cosechar.
Dónde está el dinero y dónde no
El mayor crecimiento de la inversión en tecnología agrícola desde 2024 se concentró en sensores remotos y software de gestión de cultivos. La lógica es la misma en ambos casos: se buscan soluciones a problemas puntuales de la finca, que se integren a los flujos de trabajo existentes y agreguen valor medible.
El gasto, en cambio, es desigual. La inversión en semillas se mantuvo estable, pero hubo recortes en fertilizantes y en equipos para las plantaciones, justamente las áreas donde se esperaría una reinversión. La producción agrícola está, en la práctica, en una fase de preservación de efectivo, y la recuperación del gasto no se reparte igual entre categorías.
El clima presiona por otro lado: el 58% de los encuestados en América Latina dice que fenómenos como El Niño los llevaron a pedir soluciones que van más allá de la tecnología, como financiamiento flexible, equipos y manejo de inventario. La herramienta sola no alcanza cuando el problema es el acceso al capital o la logística, y el agricultor lo sabe mejor que nadie.
La vara está en la finca
McKinsey concluye que aumentar la adopción dependerá de desarrollar casos de uso específicos para cada finca, que incorporen el contexto climático local, las condiciones de cultivo y las demandas concretas del productor. Es una vara exigente para las empresas agrícolas y para las tecnológicas que recién entran al sector, acostumbradas a vender productos generales.
El caso latinoamericano deja una tensión clara: la adopción va por delante de la disposición a pagar. La colaboración entre el agricultor y la herramienta se mide, al final, en decisiones concretas sobre agua, fertilizante y cosecha, no en la promesa de la tecnología. Las nuevas generaciones, señala el informe, podrían aportar el conocimiento técnico que el sector necesita para dar ese paso.



