Un programa chileno se metió donde nadie mira: lo que la agroindustria tira. Cáscaras, semillas y orujos siguen cargando fibra, proteínas y compuestos bioactivos después de que la fruta sale de la línea. La pregunta que el equipo intenta responder es en qué producto vuelven a servir.
Se llama Nova-IA, por Nuevas Oportunidades de Valorización Alimentaria con Inteligencia Artificial. Lo impulsa Corfo, la agencia estatal de fomento, y lo ejecuta Dictuc, la consultora tecnológica de Ingeniería UC. Su director es Pedro Bouchon, profesor de esa facultad. El programa trabaja con la definición de upcycling alimentario. Es decir, dar un segundo uso a los descartes de la cadena en lugar de confinarlos.
La escala del problema viene de Naciones Unidas. La FAO calculó que en 2023 se perdió 13,3 % de los alimentos después de la cosecha. El tramo va del transporte al procesamiento, antes de que la comida llegue al comercio minorista. El PNUMA estimó para 2022 unas 1.050 millones de toneladas desperdiciadas en comercio, restaurantes y hogares. Eso equivale a cerca de 19 % de lo disponible. De acuerdo a lo publicado por Dictuc, cada tonelada perdida arrastra también el agua, la energía y el trabajo que costó producirla.
Qué busca la IA en cáscaras, semillas y orujos
Un descarte rico en fibra podría terminar en un producto de panadería; uno con proteínas, en un análogo lácteo. Lo que la inteligencia artificial acelera es ese cruce: relaciona la composición orgánica de cada material con usos posibles y prioriza los candidatos. El laboratorio prueba después cuáles aguantan.
En ese tramo participa el Centro Nacional de Inteligencia Artificial, CENIA, que aporta modelos y capacidad de cómputo. Su gerente general, Rodrigo Durán, lo describió en la nota del programa: la herramienta analiza información, identifica patrones y orienta la investigación. Con eso, el equipo explora recuperaciones que a mano tomarían años de prueba y error.
La lógica tiene un límite conocido. La IA propone combinaciones a partir de patrones, y la validación sigue siendo física. Hay que moler, extraer, medir y volver a medir. Un ingrediente que funciona en el modelo puede fallar en la línea de producción por textura, sabor o costo.
Quién firma el programa y con qué empresas
El programa lo ejecuta un consorcio. Dictuc articula a la Universidad Católica, la Universidad de La Serena, CENIA y la consultora Mumulkan, especializada en startups agroindustriales. Del lado privado participan Carozzi, Cáscara Foods, Nestlé, Nutrisco, Sticta y Viña Concha y Toro.
El lanzamiento fue el 4 de agosto, en el Centro de Innovación UC. Entre los asistentes estuvo la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao. Bouchon planteó entonces el objetivo en términos comerciales: que Chile agregue más valor a los alimentos que exporta. La idea es vender también el conocimiento que hay detrás. Agregó que cada solución responde a un problema que hoy le cuesta dinero a una empresa.
El trabajo se organiza en tres pilares: valorizar las pérdidas, optimizar los procesos productivos y entender el mercado. Cada proyecto se arma como una célula, con equipos de la empresa junto a especialistas de CENIA y académicos. La apuesta es no aplicar una herramienta genérica, sino una que calce con los datos y la operación de cada socio.
Los tres pilares apuntan a cifras concretas: cuánto material se valoriza y qué ingredientes llegan a la línea de producción.
Fuentes consultadas: Dictuc, «Día Mundial de la Alimentación: inteligencia artificial para dar una segunda vida a los alimentos que se pierde» (16/10/2026); Pontificia Universidad Católica de Chile, «Consorcio NOVA-IA busca convertir a Chile en un exportador de inteligencia alimentaria» (06/08/2026); Diario Frutícola, «IA busca transformar cáscaras, semillas y orujos en nuevos ingredientes para la agroindustria» (28/10/2026); FAO y PNUMA, cifras citadas por el programa.




