Daniel Susskind estudia el impacto de la IA en el trabajo y la sociedad desde hace quince años. También es padre de tres niños de ocho, cinco y dos años. En un ensayo publicado por The Guardian, responde a la pregunta que más le hacen en conferencias, aulas y pasillos de gobierno: qué deben saber los padres sobre la IA.
Su punto de partida es personal. Hace treinta años imaginó con su padre un cuento llamado “El día en que nadie fue a Disneylandia”. Hace poco se lo contó a su hija mayor y, en minutos, un ChatGPT lo escribió al estilo del Dr. Seuss. No era perfecto, pero la familia pasó la noche ajustando el cuento con esa nueva socia creativa. Otra escena lo inquietó más: un podcast infantil que todos escuchaban en el auto resultó estar íntegramente generado por IA. Los niños conductores que los hacían reír no existían.
Olvidar la idea de blindar habilidades
Susskind cuestiona la respuesta tradicional a la disrupción tecnológica: la idea de preparar a las personas con habilidades “a prueba de futuro”. En 2013, Inglaterra anunció que todos los niños aprenderían a programar. Una década después, los sistemas más capaces escriben código: Anthropic reportó en enero de 2026 que el 90% del código de Claude Code fue escrito por IA. La habilidad que debía proteger a una generación quedó obsoleta antes de que esa generación saliera de la escuela.
El error de fondo, dice, es creer que existe una lista estable de habilidades que la IA no podrá tocar. Solo sabemos dos cosas del futuro: habrá tecnologías mucho más capaces que las actuales, y poco más. La pregunta correcta es cómo preparar a la próxima generación para un futuro que no conocemos.
Volver a lo básico y enseñar las dos cosas
Su primera recomendación es paradójica: reforzar alfabetización y aritmética, justo lo que la IA hace cada vez mejor. Desde 2009, esos indicadores caen entre los jóvenes del mundo según las pruebas Pisa. Las habilidades avanzadas del futuro, cualesquiera sean, se apoyarán en esas bases. Además, los sistemas de IA fallan en problemas simples y alucinan respuestas con total seguridad: Hinton los llama “sabios idiotas”. Con las bases afiladas se puede distinguir cuándo la máquina es sabia y cuándo es idiota.
La experimentación también entra en su casa. Cuando su hija de ocho años se aburría con las tablas de multiplicar, usaron ChatGPT para crear juegos de computador diseñados por ella. Con su hijo de cinco años, que odiaba los libros de fonética de la escuela, generaron cuentos personalizados a su nivel de lectura y sus temas favoritos. No son trucos: son ejemplos de lo que la educación podría probar en vez de prohibir.
Para el uso de la IA propone un principio histórico: el informe Cockcroft, que en 1982 reformó la enseñanza de las matemáticas en Reino Unido ante la llegada de la calculadora. Su solución fue partir la enseñanza en dos: parte del tiempo con calculadora, parte sin ella, y evaluar ambas. Susskind lo traduce como “enseñar ambas cosas, evaluar ambas cosas”: dedicar una parte de cada asignatura a trabajar con IA y otra a dominar la materia sin ella, y examinar las dos.
No todas las pantallas son iguales, advierte. El problema no es la cantidad de tiempo frente a una pantalla, sino qué se hace en ella. Y prohibir, concluye, no es una opción: esta tecnología es el agua en la que nadará la próxima generación. La tarea de los adultos es hacer esa agua más exigente, no más escasa.



