Dos caminos luminosos que se bifurcan desde un mismo origen sobre un mapa de Sudamérica en azul profundo, uno con retícula de circuitos y otro con ondas de datos

Brasil reparte su apuesta de IA entre China y Estados Unidos: la soberanía tecnológica como estrategia

En agosto, Brasil anunció una inversión de unos 444 millones de dólares en inteligencia artificial y la repartió, casi en partes iguales, entre tecnología china y estadounidense. La decisión convierte la soberanía tecnológica en algo poco épico: una decisión de compras. El gobierno no eligió bando, eligió no depender de un solo proveedor.

Cerca de 255 millones irán a infraestructura de supercómputo en Río de Janeiro, desarrollada con las chinas Huawei e iFlytek. Los otros 189 millones, aproximadamente, financiarán un segundo supercomputador que Brasil licita y espera comprar a Nvidia, según reconstruyó Reuters el 20 de agosto.

«La estrategia es no depender de una sola empresa, tecnología o país», dijo el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en un comunicado. Agregó que las inversiones buscan reforzar la soberanía de Brasil sobre sus datos.

La soberanía tecnológica no es construir todo el stack en casa

Pocos países pueden costear la frontera completa de la IA. Jesse Marks, investigador de China y Medio Oriente en la Universidad Nacional de Australia, lo planteó así a Rest of World: competir en el límite se volvió prohibitivamente caro, y a los gobiernos les queda decidir qué desarrollan por su cuenta y en qué dependen de proveedores externos.

Estados Unidos conserva ventaja donde su tecnología es más difícil de reemplazar: semiconductores avanzados, equipos de red y nube sensible. En el resto, la disyuntiva cambia. «Fuera de la red de socios estadounidenses que son de confianza o que pueden pagarla, es IA china. Son modelos abiertos», resumió Marks.

Arabia Saudita hizo el mismo doble movimiento

Brasil no es el único caso. Arabia Saudita presentó este mes el que llama el modelo de IA en árabe más avanzado del mundo, Humain-m3. La tecnología detrás es china: se apoya en un sistema de código abierto de la startup MiniMax. Humain, la empresa estatal que encargó el modelo, mantiene al mismo tiempo acuerdos con Nvidia y otras compañías estadounidenses para construir su capacidad de cómputo.

Kyle Chan, del centro de estudios sobre China de Brookings, describe el cálculo. «Muchos países del mundo, sobre todo del Sur Global, quieren lo mejor de los dos mundos», dijo. Cargar con el estigma de seguridad que Washington asigna a la tecnología china, apunta, no es algo que todos compartan.

Una compra técnica con costo diplomático

Estas decisiones se cruzan con la diplomacia. Washington acusó a laboratorios chinos de sacar provecho de modelos estadounidenses a escala industrial. China rechazó la acusación y advirtió represalias si se aplican restricciones a sus empresas de IA.

Para los poderes medios, la IA entra en la misma mesa que otros temas bilaterales. «Es uno de los portafolios que hay que considerar al negociar con un socio como Estados Unidos», dijo Marks.

El patrón se repite más allá de Brasil y Arabia Saudita. De América Latina al Sudeste Asiático y Asia Central, los países compran chips estadounidenses mientras adoptan modelos abiertos chinos. En Egipto, Huawei presentó una oferta para construir infraestructura de IA. Marks ve ahí un límite para Washington: tendrá dificultades con los países que quieren IA pero no pueden pagar los sistemas estadounidenses o su software.

El reparto tampoco es simétrico. La mitad china de la inversión va con socio ya definido; la mitad estadounidense depende de una licitación que sigue abierta. Esa diferencia deja a Brasil con margen en ambos extremos del acuerdo y con la opción de ajustar el peso de cada proveedor según cómo se mueva el mercado.

La tendencia se extiende de América Latina al Sudeste y el Centro de Asia. El punto de fondo es que la disputa se decide por capas, no por bloques. Brasil no compró una órbita completa: abrió dos caminos a la vez y se quedó con la decisión de cuál puede sostener en casa. Ahí, y no en la bandera, se juega hoy la soberanía tecnológica.

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