Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) midió cómo evalúan los demás a quienes usan herramientas de inteligencia artificial en el trabajo. El resultado es consistente: hay una penalización social. Quienes reciben ayuda de IA son vistos como más perezosos, menos competentes y menos diligentes.
Los autores —Jessica A. Reif, Richard P. Larrick y Jack B. Soll, de la Universidad de Duke— partieron de una tensión evidente. La IA puede aumentar la productividad, pero muchas personas ocultan que la usan. Una encuesta de industria ya había señalado que el temor a parecer perezosos está entre las principales preocupaciones de quienes adoptan estas herramientas. El equipo quiso comprobar si ese temor está justificado.
El miedo anticipado y la realidad
En el primer experimento, los participantes imaginaron usar en el trabajo o bien una herramienta de IA generativa o bien una herramienta convencional (un dashboard). Quienes se situaron en el escenario de la IA anticiparon una evaluación más negativa: esperaban parecer menos capaces, menos esforzados y más fáciles de reemplazar. También se mostraron menos dispuestos a contárselo a jefes y colegas.
El segundo experimento confirmó que ese temor no era infundado. Cuando otras personas evaluaban a empleados que habían recibido ayuda de IA, los percibían como menos competentes, menos diligentes y con menos iniciativa que a quienes habían recibido una ayuda equivalente de un humano, de una herramienta no-IA, o que no habían recibido ayuda. El efecto se mantuvo con independencia de la edad, el género o el tipo de ocupación de la persona evaluada.
Consecuencias concretas en la contratación
La penalización no se queda en impresiones. En una simulación de contratación, los managers que no usaban IA ellos mismos eran menos propensos a elegir candidatos que la usaban con frecuencia. En cambio, los managers que sí usaban IA con regularidad mostraron la preferencia inversa: favorecieron a quienes también la utilizaban.
El mecanismo principal parece ser la percepción de pereza. Esa atribución explica en gran medida el deterioro de la evaluación. Cuando el uso de IA se presentaba como claramente útil y adecuado para la tarea, la penalización se reducía de forma significativa.
El dilema
El estudio describe un dilema práctico. La IA puede mejorar el desempeño, pero su uso visible tiene un costo social: hace que la persona parezca menos competente y menos motivada. Eso puede frenar la adopción abierta de estas herramientas o empujar a mucha gente a ocultar que las utiliza.
A diferencia de investigaciones centradas solo en el trabajo creativo, este estudio se sitúa en el ámbito laboral general. El patrón, sin embargo, es similar: la simple asociación con la IA activa evaluaciones más negativas, incluso cuando la ayuda recibida es comparable a la que podría brindar un colega o una herramienta convencional.


