James Maisiri con un doctorado recién terminado en Sudáfrica recibió su primera oferta laboral: no venía de una universidad, sino de una empresa que le pedía entrenar a la IA para diseñar evaluaciones, enseñar a estudiantes de pregrado y corregir ensayos. Su tesis estudió cómo tecnologías como la IA remodelan el trabajo agrícola en su país. En su artículo publicado por Rest of World, cuenta por qué dijo que no.
Una oferta difícil de rechazar
El rol pagaba 600 rand por hora, unos 37 dólares. El salario mínimo en Sudáfrica es de 30,23 rand por hora, unos 2 dólares. El desempleo juvenil alcanzó el 47,4% en el segundo trimestre de 2026. Cuando ganarse la vida choca con el principio de no alimentar a una tecnología que mañana compite con uno, dice, qué se hace.
No es un caso aislado. Plataformas como Outlier, Mercor y Surge reclutan activamente a abogados, médicos, ingenieros y docentes para transferir su juicio profesional a modelos. La autora del reportaje fue entrevistada durante 45 minutos por una IA, que luego le envió por correo un análisis de sus fortalezas y debilidades. Le sugirió repetir parte de la prueba. No lo hizo y abandonó el proceso. La IA no aprendería solo lo que ella sabía: aprendería cómo decidía.
Entrenar al propio reemplazo
El fenómeno cruza todo el espectro salarial. En India, clasificadores de basura y soldadores se colocan cámaras en la cabeza por 250 rupias la hora, unos 2,60 dólares, para capturar movimientos que entrenan robots humanoides. Esos robots harán el trabajo que hoy les da de comer.
La autora no reclama una gran virtud moral: confiesa que todavía no entiende del todo el origen de su incomodidad. Lo que sí deja claro es la pregunta que la persigue: qué significa entregar a una máquina el juicio que define una profesión, y qué clase de criterio le estamos enseñando. Mientras tanto, sigue buscando un trabajo académico: enseñar a estudiantes, no a una IA.



