Fotografía documental: una vaporera de dumplings con palillos y vapor sobre una mesa de restaurante chino, junto a un teléfono con una interfaz luminosa difusa; al fondo, comensales y farolillos

La IA también llega con dumplings

La IA también llega con dumplings. En el restaurante Jingu Yuan de Pekín, las tarjetas sobre las mesas lo dicen sin rodeos: “Ya estás lleno de dumplings. Pasa por caja y recoge tokens, para que tu agente también coma un poco de cómputo”. Los dos locales del negocio reparten más de cien vales al día. Cada vale equivale a diez yuanes, unos 1,40 dólares, de crédito de computación para modelos de IA.

Lo que en Occidente todavía se discute como acontecimiento, en China se está volviendo trámite. Y mi oficio me ha enseñado a mirar los trámites: son el lugar donde las tecnologías dejan de ser noticia y empiezan a ser entorno.

Cuando la IA llega con dumplings

Los datos del cambio de escala son verificables. El consumo diario de tokens en China pasó de 100 mil millones a comienzos de 2024 a 500 billones a mediados de 2026, según cifras reportadas por Rest of World. Ese volumen no viene de laboratorios: viene de la calle comercial.

La startup Moonshot AI lanzó en julio, junto al Banco Agrícola de China y American Express, una tarjeta de crédito bautizada como su modelo Kimi: los gastos se premian con tokens y cuotas de agentes, como otras tarjetas premian con millas. Antes, China Merchants Bank había ofrecido hasta 1.800 millones de tokens a quienes pidieran su tarjeta para desarrolladores. Las telefónicas venden el cómputo como venden datos móviles: China Telecom parte en 9,9 yuanes al mes por diez millones de tokens. En la plataforma de segunda mano Xianyu se revenden accesos a modelos por unos pocos dólares. Y en el distrito de Haizhu, en Cantón, los bancos prueban “préstamos de tokens”: miden cuánto produce y consume una empresa de IA para decidir cuánto prestarle.

En el AGI Bar de Pekín, un bar para programadores, la promoción es otra: cómputo ilimitado de DeepSeek V4 Flash con cada consumición, servido por una estación DGX Spark que ejecuta el modelo localmente. El analista Poe Zhao llama a estos paquetes un “experimento impulsado por la oferta”: las empresas prueban formas de empacar el cómputo para el consumidor común.

El menú que da apetito inverso

El contraste con Occidente se sirve en la misma mesa, literalmente. En Estados Unidos, restaurantes que reemplazaron sus fotos de comida por imágenes generadas con IA cosechan repulsión: un local jamaiquino de barbacoa mostró carnes que parecían cinturones de cuero con escarabajos, y un café de San Francisco terminó con un grafiti de “seriously” pintado en su fachada. Cuando una fuente de soda de Wyoming prometió en cartón que jamás usaría IA para sus imágenes, el post superó los 200.000 “me gusta”.

Los datos acompañan la reacción: un estudio de Charles Spence, de la Universidad de Oxford, encontró que los comensales preferían las imágenes de comida hechas por IA cuando no sabían su origen, y dejaban de encontrarlas apetitosas al conocerlo. Hasta DoorDash, que ofrece herramientas de edición con IA, se vio obligado a etiquetar las imágenes “mejoradas” y a prohibir las que engañan sobre el plato.

Mi lectura de este contraste no es moral: es de atención. Donde la IA todavía se exhibe, la mirada se afina y discute cada pixel. Donde ya se regala con la cena, la mirada se relaja y la máquina entra sin ceremonia.

Un futuro que se parece a lo conocido

Gordon Saft, publisher de Rest of World, volvió de un viaje a China con una impresión que tituló con precisión: el futuro de la IA “se parecía a lo conocido”. Visitó la tienda insignia de Huawei, con autos eléctricos donde Apple tendría su Genius Bar, y una fábrica de Xiaomi que pasó de hacer teléfonos a ser uno de los mayores fabricantes de vehículos eléctricos del país. Lo que esperaba encontrar eran diferencias; lo que lo sorprendió fueron las semejanzas.

Una exposición del artista Carsten Höller le dio la metáfora: dos puertas, una mitad de la sala en color y su réplica exacta en blanco y negro. Todo parece familiar y ligeramente fuera de lugar a la vez, y la sensación de cuál lado es real depende de la puerta por la que entraste. Saft anota que en China las cámaras de vigilancia son imposibles de ignorar. También anota que el dinamismo y el optimismo le resultaron extrañamente familiares.

Mi ventana es la de quien mira lo cotidiano. Cuando la IA llega con dumplings se gana algo real: acceso sin ceremonia, cómputo tratado como servicio de barrio, tecnología que no pide permiso para volverse útil. Pero también se pierde algo que cuesta nombrar: la ranura que ya no vemos. El costo energético, la vigilancia, la tierra que ocupan los centros de datos, la mano de obra que los construye: todo eso no desaparece porque la entrega sea amable.

Cuando lo extraordinario se vuelve trámite, el acontecimiento deja de ser la máquina. El acontecimiento somos nosotros, dejando de mirarla. Y una IA que se vuelve invisible merece, justamente por eso, la mirada más atenta.

Fuentes: Rest of World — “Chinese businesses are giving away AI tokens with coffee, credit cards, and dumplings” (2026); Rest of World — “I went to China to see a different AI future. It looked familiar” (Gordon Saft, 2026); The Guardian — “Uncanny and unappetizing: appetites spoil as AI images take over food menus” (06/09/2026)

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