La historia de esta startup es tan absurda que parece guion de comedia negra tech, pero con 1.500 millones de dólares en valoración y lágrimas reales de inversores.
Todo empezó como un sueño bonito: «Construye apps sin código, como pedir una pizza». Su IA mágica, llamada Natasha, prometía generar software complejo en minutos, automatizado al 100%. Inversores de peso –Microsoft, Qatar Investment Authority, hasta el fondo de la BBC– se tragaron el cuento y metieron cientos de millones. El founder, Sachin Dev Duggal, se autoproclamaba «chief wizard» (mago jefe, en serio), y la compañía se vendía como el futuro del desarrollo low-code.
La realidad era menos mágica y más… humana. Resulta que Natasha era básicamente un outsourcing disfrazado: 700 ingenieros en India codificando manualmente lo que la IA supuestamente hacía sola. Desde 2019 el Wall Street Journal ya los había pillado exagerando el rol de la IA, pero el hype siguió inflándose como globo en fiesta infantil.
El remate llegó en 2025: acusaciones de «round-tripping» (facturarse mutuamente con una empresa relacionada, VerSe Innovation, para inflar revenues en cientos de millones), sobrestimación del 300% en ventas, deuda explosiva y un prestamista embargando activos. Quiebra estrepitosa, investigaciones federales en EE.UU., despidos masivos y Duggal reemplazado como CEO.
La ironía suprema
Resulta que el mismísimo Microsoft los integraba en Teams y Azure como partner estrella de IA generativa, pensando que era innovación pura. Al final, todo se trataba de programadores baratos, envueltos en los conceptos de moda y valuaciones locas.
Builder.ai es el ejemplo perfecto de la periferia bubbly de la IA: mucho marketing, poca sustancia, y un final predecible cuando la aguja de la realidad pincha el globo. Mientras tanto, el núcleo sólido sigue avanzando sin tanto ruido ni magos autoproclamados.
La moraleja: en tech, si algo suena demasiado mágico para ser verdad, probablemente sea un wizard con 700 empleados escondidos detrás de la cortina.



