Fotografía documental: campesinos y vecinos de una aldea india observan desde el borde de campos secos la construcción de un gran centro de datos con grúas en el horizonte

El auge de los centros de datos en India deja a los desplazados sin nada

El auge de los centros de datos en India avanza sin consultar a las comunidades que quedan en el camino. Lo denuncia Osama Manzar, fundador de Digital Empowerment Foundation, en una entrevista publicada por Rest of World. Su organización trabaja desde 2002 para que las comunidades pobres y rurales salgan de la oscuridad digital: cuando nació, solo el 1,2% de la población india estaba en línea; hoy supera el 70%. Manzar ve en la inteligencia artificial el riesgo de otra tecnología extractiva, que concentra los beneficios en actores poderosos y reparte los costos en tierra, agua y personas.

Las protestas ya se extienden de India a Malasia y a Chile, mientras crece la huella de los centros de datos en India. Los números explican la urgencia: los centros de datos están en camino de consumir agua equivalente a las necesidades domésticas anuales de 1.300 millones de personas, y electricidad comparable a la demanda de 650 millones de personas hacia 2030.

Centros de datos en India: la promesa de empleo que no llega

Manzar critica que el gobierno indio estreche la mano de las empresas de datos sin consultar a su propia gente. Él ha servido en comités gubernamentales e internacionales sobre acceso a internet, inclusión digital e infraestructura, así que conoce ambas mesas. En Visakhapatnam, donde Google construye un centro de datos, ya hay campañas vecinales. El Estado entrega exenciones tributarias y tierra a bajo costo. En Telangana, donde Microsoft levanta un polo de centros, parte de la tierra adquirida está en disputa: algunos propietarios buscan cómo recuperarla.

La diferencia con una fábrica tradicional es central. Una planta industrial genera muchos empleos, incluso cuando toma tierra. Un centro de datos, dice Manzar, es un sistema automatizado: las propias empresas no están seguras de poder emplear a la comunidad local. La promesa de trabajo, que suele justificar la expropiación, aquí ni siquiera tiene certeza. Y las protestas de agricultores por exenciones tributarias a centros de datos ya marcaron agenda en el país.

Hay una ironía adicional que Manzar subraya: hasta las personas que crean los datos están siendo reemplazadas por la IA. Artesanos que se colocan una cámara en la cabeza para documentar su oficio generan, sin saberlo, el material que mañana entrenará a la máquina que los sustituye.

Un desarrollo cuya existencia no se negocia

Manzar reclama una pregunta previa: por qué se construye el centro de datos, y no solo dónde o con qué eficiencia. Hoy se da por garantizado que su existencia no es negociable. Se discute la eficiencia energética o la ubicación, pero nadie pregunta a la comunidad si quiere el proyecto. Si le quitan la tierra, dice, qué le devuelven: no es ni siquiera parte interesada del negocio.

Las autoridades locales existen: juntas de aldea, representantes de distrito, organizaciones de mujeres, agricultores y propietarios de tierra. Manzar afirma que no ha visto que ninguno de esos grupos sea consultado antes de los acuerdos. Tampoco ve compromisos escritos: las promesas de compensación por la contaminación y el ruido no quedan en papel.

Su propuesta es otra escala: centros de datos hiperlocales y distribuidos, que sirvan a las necesidades de cada distrito o aldea. Los países en desarrollo, advierte, no deberían convertirse en centros de desecho de datos al servicio de la élite mundial.

El caso deja una consecuencia medible: la factura del cómputo global se paga también en tierras en disputa y comunidades sin consulta. Lo que las cifras de agua y energía no capturan aparece en las veredas de Visakhapatnam.

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