Dos conceptos fundamentales en la era de la IA: upskilling y reskilling

Emilia ha sido cajera durante más de veinte años en un supermercado de Santiago. Conoce los turnos largos, las rutinas mecánicas, y también los pequeños gestos de cortesía que solo se aprenden después de miles de clientes.

Últimamente, algo ha cambiado. Donde antes había 12 cajas humanas, ahora hay 8. Y al fondo, una línea de autoservicio que ya no necesita llave, ni códigos, ni voz. Las nuevas cajas no solo operan con pantallas táctiles: algunas ya integran tecnologías de inteligencia artificial para predecir errores, ajustar precios o reconocer productos sin código de barras.

Emilia tiene una sensación difícil de ignorar: el trabajo que conoce parece estar dejando de existir, aunque ella siga ahí, de pie, cumpliendo su función como siempre.

En respuesta a la irrupción y al rápido avance de la inteligencia artificial, la Política Nacional de Inteligencia Artificial en Chile (2021) ha incluido —entre otros lineamientos— dos conceptos que apuntan directamente al presente laboral de personas como Emilia: upskilling y reskilling.

Veamos a continuación, qué significan y cuáles son sus implicancias.

El upskilling como el fortalecimiento de habilidades

Upskilling (adaptación) significa fortalecer habilidades dentro del mismo campo laboral. Es el intento de evitar que lo que sabemos hacer quede obsoleto. En vez de reconvertir, se trata de extender o actualizar lo que ya se hace.

En ese mismo escenario, Emilia podría asumir un nuevo rol como soporte de usuarios en las cajas automáticas. Allí su experiencia como cajera le sirve, pero ahora acompaña al cliente en el uso de cajas automáticas, resuelve problemas, y detecta fallos que antes no existían. No cambia de rubro, pero sí adapta su conocimiento a un entorno automatizado.

El desafío es que este tipo de actualización exige estructuras institucionales que aún no existen con suficiente alcance. Según la propia política, Chile enfrenta un déficit anual de 65.000 personas con habilidades digitales básicas o intermedias. La cifra no apunta a ingenieros de IA, sino a profesionales, técnicos y trabajadores en todos los niveles que deben operar tecnologías nuevas sin haber sido formados para ellas.

¿Cómo se aplica el upskilling en la práctica?

Actualizar competencias en este contexto supone revisar el sentido actual del trabajo y mantenerse vigente en un entorno cambiante. Estas acciones concretas pueden adaptarse a cualquier entorno laboral:

  • Diagnóstico de brechas tecnológicas: identificar qué herramientas, plataformas o sistemas digitales están siendo adoptados en el sector —aunque aún no se usen internamente— y qué habilidades faltan en el equipo para integrarlas con eficacia.
  • Formación continua integrada: incluir tiempo laboral para aprendizaje y validación formal de nuevas habilidades.
  • Espacios de experimentación controlada: probar herramientas nuevas sin riesgo operativo inmediato.
  • Actualización de roles y perfiles: revisar descripciones de cargo y contenidos formativos.
  • Aprendizaje intergeneracional: crear entornos colaborativos entre experiencia y novedad digital.

Estas medidas no dependen del tipo de empresa ni del tamaño del equipo. Dependen de una decisión institucional: mantener vigente el trabajo humano ante la transformación tecnológica.

Qué es reskilling y por qué no es “volver a capacitar”

A diferencia del entrenamiento técnico, el reskilling (reconversión) implica reaprender para cambiar de función. Ya no busca perfeccionar lo que ya sabemos, sino migrar a un nuevo conjunto de tareas, en muchos casos ajenas al oficio anterior.

Volvamos a Emilia: si ella deja la caja y pasa a encargarse del sistema de autoservicio, aprendiendo a usar un software que permite monitorear operaciones, corregir errores, o cargar productos en la interfaz, está realizando un proceso de reskilling. Su rol cambia de manera significativa: ya no atiende personas, ahora gestiona una tecnología.

¿Cómo se aplica el reskilling en la práctica?

La idea de reaprender para cambiar de función puede parecer abstracta. Pero el reskilling se vuelve operativo cuando se concreta en medidas accesibles y sostenibles. Estas pueden implementarse en cualquier sector:

  • Mapeo de funciones en riesgo: identificar tareas repetitivas, automatizables o sujetas a obsolescencia tecnológica.
  • Evaluaciones de habilidades transferibles: detectar conocimientos existentes aplicables en nuevos roles.
  • Rutas de aprendizaje acelerado: crear trayectorias breves y modulares orientadas a empleabilidad real.
  • Apoyo en la transición: incluir acompañamiento económico, técnico y psicosocial durante la reconversión.
  • Acuerdos intersectoriales: coordinar esfuerzos entre gremios, Estado, empresas y centros formativos para facilitar migraciones laborales.

Estas acciones no dependen de un rubro específico. Son estructuras adaptativas que permiten que el trabajo no sea una línea recta, sino un trayecto con desvíos sostenidos.

Ambas estrategias no están al margen del desarrollo tecnológico. Son su prerrequisito.

Esto obliga a revisar ciertas narrativas sobre “el empleo del futuro” que, en su entusiasmo, silencian las condiciones del presente. La reconversión no se da en el vacío: implica tiempo, dinero, redes, y sobre todo una decisión institucional de no dejar a las personas atrás.

De lo contrario, la inteligencia artificial dejará de ser una herramienta de transformación para convertirse en un agente de exclusión tecnificada.

Upskilling y reskilling no son modas pedagógicas. Son nombres técnicos para formas de redistribuir el conocimiento cuando el sistema cambia de reglas. Y esas reglas están cambiando.

La política chilena propone herramientas, pero deja claro que su éxito dependerá de factores que exceden lo técnico:

  • ¿Quién financia estas transiciones?
  • ¿Qué empleadores están dispuestos a reconocer habilidades nuevas?
  • ¿Qué condiciones de trabajo permiten aprender mientras se trabaja?
  • ¿Qué marcos legales reconocen la validez de trayectorias no tradicionales?

No estamos ante un desafío de competencias. Estamos ante una reconfiguración del valor de saber hacer. Y, por lo tanto, ante una pregunta ineludible: ¿vamos a rediseñar el trabajo o vamos a administrarlo como residuo del pasado?

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