Cada vez que un planeta con campo magnético gira, su magnetosfera puede emitir ondas de radio al espacio. El fenómeno, conocido como emisión auroral, se había medido en el Sol, en Júpiter y en la Tierra, pero nunca se había atribuido con certeza a un planeta fuera de nuestro sistema solar. Un equipo de investigadores de Harvard y de la Universidad de Oregón sostiene ahora que lo logró con Beta Pictoris b, un gigante gaseoso a unos 63 años luz de distancia.
La señal fue registrada por el radiotelescopio MeerKAT, en Sudáfrica. Según el preprint del estudio, todavía sin revisión por pares, las ondas coinciden con lo que la teoría predice para los campos magnéticos de planetas jóvenes y masivos: partículas cargadas quedan atrapadas en el campo, se aceleran al girar el planeta y liberan energía en forma de radio.
Qué se midió y por qué importa
Beta Pictoris es un sistema joven: tiene menos del 1 % de la edad del sistema solar. Su estrella es más masiva que el Sol, alberga tres planetas gigantes y un enorme disco de polvo y escombros. El planeta del medio, Beta Pictoris b, tiene varias veces la masa de Júpiter, es muy caliente y brillante por su juventud, y está lo bastante separado de su estrella —una distancia comparable a la que separa al Sol de Saturno— como para distinguirlo con telescopios potentes.
En 1984, Beta Pictoris se convirtió en la primera estrella cuyo disco de escombros fue fotografiado directamente, en una imagen que sugirió procesos de formación planetaria. El sistema también protagonizó el hallazgo reciente de Beta Pictoris d, un tercer planeta reconstruido a partir de imágenes del telescopio espacial James Webb.
Si la interpretación se sostiene, el hallazgo no es un detalle. Medir radio de un exoplaneta es una de las pocas formas de inferir su campo magnético, y el campo magnético es una pieza clave para entender si un mundo puede conservar atmósfera y, con el tiempo, condiciones habitables. También cambia la escala de lo que se puede medir: hasta ahora, casi todo lo que se sabía sobre atmósferas de exoplanetas venía de su luz, no de sus campos magnéticos, y esa es la parte del fenómeno que este trabajo intenta poner en números. La infraestructura que lo hizo posible también cuenta: el instrumento está en el Karoo sudafricano, un arreglo africano observando un sistema del hemisferio sur con datos abiertos a equipos de varios países.
Lo que aún no está probado
Los propios autores advierten desde el comienzo del preprint que la señal es, con alta probabilidad, de origen natural. No hay indicios de tecnología. La duda relevante es otra: si las emisiones salen del planeta o de la actividad magnética de su estrella.
Ese problema ya frustró un anuncio parecido. En 2023, un equipo detectó ráfagas de radio en el sistema YZ Ceti que parecían repetirse al ritmo de la órbita de un planeta, pero no pudo descartar que provinieran de la estrella. Aquí, según los autores, la evidencia apunta al planeta; aun así, sin revisión por pares, la atribución queda como la hipótesis más fuerte disponible y no como un hecho cerrado.
La cautela tiene un costo y un mérito. El costo es que la noticia circuló con titulares más grandes que los datos. El mérito, que el preprint explica sus propios límites antes de que alguien los encuentre. Para la astronomía de exoplanetas, la diferencia entre detectar y escuchar sigue siendo la misma que en 1984: una imagen o una señal no prueban por sí solas todo lo que quisiéramos ver en ellas.
Otras fuentes consultadas: WIRED en Español (24/09/2026); MeerKAT, Observatorio Radioastronómico Sudafricano (2026); NASA/JPL, imagen del disco de Beta Pictoris (1984); NASA, telescopio espacial James Webb (2026).




