1 de cada 4 trabajos en riesgo por IA hacia 2030: el número que duele y la pregunta que nadie quiere responder

Hace unos días el BID y CEPAL publicaron un informe que no pasó desapercibido: en Chile, aproximadamente el 25 % de los empleos actuales enfrenta un riesgo alto de automatización por inteligencia artificial para el año 2030. Call centers, redacción de contenidos básicos, diseño gráfico elemental, atención al cliente, análisis rutinario de datos… roles que durante décadas se consideraron “seguros” o incluso “de futuro” ahora aparecen en la lista de vulnerables.

El dato no es sorpresa. Llevamos años viendo cómo la IA generativa y los modelos de lenguaje avanzados reemplazan tareas que antes requerían capacitación humana especializada. Lo que impacta es verlo cuantificado para Chile: 1 de cada 4 personas en edad de trabajar podría enfrentar una transformación radical en su fuente de ingresos en menos de una década. No es un escenario lejano; es una proyección basada en tendencias ya visibles.

El dolor no está solo en la pérdida de empleo. Está en la pérdida de identidad profesional. Cuando una persona se forma durante años en un oficio —escritura técnica, diseño de experiencias, redacción persuasiva— y de pronto ese oficio se vuelve “reemplazable por un modelo entrenado”, no solo se pierde un sueldo: se pierde el sentido de “yo soy esto”. Ese duelo es profundo, y es legítimo. No se resuelve con frases motivacionales ni con promesas de “reinventarse”. Se siente como una traición silenciosa: el sistema que te pidió esfuerzo y especialización ahora te dice “ya no te necesitamos”.

Pero este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de la IA. Es una repetición histórica acelerada. Desde la Revolución Industrial, el trabajo dependiente ha sido un contrato temporal con un organismo mayor (la fábrica, la empresa, el Estado) que prioriza eficiencia, continuidad y supervivencia propia por encima de todo. El empleado se siente “hijo” de ese organismo: le debe lealtad, gratitud, entrega total. A cambio, espera protección, estabilidad, cuidado. Cuando el organismo decide que hay algo más eficiente (máquinas antes, IA ahora), el “hijo” se convierte en costo innecesario. No hay maldad personal en el empresario o el ejecutivo: hay lógica sistémica. Y si mañana cualquiera de los despedidos fundara su propia empresa, probablemente tomaría decisiones similares cuando la eficiencia lo exigiera.

Lo que cambia con la IA es la velocidad y la escala. Antes los reemplazos masivos requerían crisis económicas, avances tecnológicos lentos o décadas de ajuste social. Hoy basta un modelo entrenado y una decisión corporativa. Mercado Libre lo hizo con 119 UX Writers: “el foco ahora está en roles generalistas, la IA ya escribe personas”. Y si miramos LinkedIn, hay decenas de historias similares. No es un caso aislado; es un patrón.

Sin embargo, en medio del duelo surge una pregunta incómoda: ¿qué rol humano queda cuando la IA escribe personas, diseña interfaces, responde clientes y analiza datos rutinarios? ¿El que supervisa? ¿El que decide qué emociones queremos transmitir? ¿El que se atreve a ser irreverente en un mundo que se está volviendo demasiado eficiente?

Para algunos —quizás un 5-15 % de la fuerza laboral activa— el camino no es esperar que el “padre” vuelva a cuidar, sino construir uno propio. Trabajo independiente potenciado por IA: no como reemplazo, sino como extensión. Crear contenido con voz propia, vender productos digitales con curaduría humana, usar modelos como herramienta sin dejar que la herramienta decida el sentido. No es utopía; es lo que ya está pasando en nichos pequeños pero crecientes.

Esto no pretende ser un consuelo. Decimos que el duelo es real y válido, pero que el espacio que deja también lo es. Y que algunos ya estamos caminando por ese espacio, no porque seamos más valientes, sino porque no nos quedó otra.

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